| LOS
CÓDICES MAYAS
Valiéndose de ideogramas, los mayas elaboraron una
cantidad incalculable de libros, o códices. Sólo
tres han llegado hasta nosotros. Su historia conocida empieza
con un acto de barbarie, prosigue en circunstancias azarosas,
incluye el esfuerzo por descrifrarlos y aún no termina.
Por Beatriz Marto.
La
temática de un libro maya podía estar vinculada
con la religión, la astronomía, los ciclos
agrícolas, la historia o las profecías. Pero
en todos los casos, tanto el contenido como la elaboración
del códice y el valor de éste por sí
mismo, estaban relacionados con el mundo superior. Puesto
que para escribir era necesario hallarse en contacto con
los dioses, los productos de esa escritura debían
ser considerados como objetos sacros y conservados en habitaciones
específicas dentro de los templos y de los principales
edificios civiles.
Durante las fiestas y ceremonias especiales, los códices
se leían en público, después de someterlos
a ritos purificatorios y de renovación. La lectura
la realizaban varios sacerdotes, cada uno de acuerdo a su
especialidad, por lo que es posible que los ideogramas hayan
tenido no una, sino varias interpretaciones.
¿CÓMO ES UN CÓDICE?
Igual que para nuestros libros, la materia prima para elaborar
los códices era el papel. Los mayas lo llamaban kopó—ahora
conocido como papel amate—y lo hacían con la
corteza del árbol de la higuera (Ficus); aunque también
solían usarse piel de venado, tela de algodón
y papel de maguey, aparentemente ningún material
fue más usado que el kopó.
El proceso de fabricación del amate, tanto en el
Mundo Maya como en las demás regiones indígenas,
era básicamente el mismo. A las ramas se les arrancaba
la corteza, de cuyo interior eran obtenidas capas de suave
fibra. Con ésta se producía una pasta, reiteradamente
aplanada hasta convertirla en hoja, puesta a secar al sol.
El resultado eran largas tiras de papel de entre 15 y 25
cm de ancho, que se doblaban a manera de biombo en porciones
iguales y que formaban las páginas del códice.
Las páginas se cubrían con una capa de almidón
y, finalmente, con una preparación blanca de carbonato
de calcio.
A cada página se le pintaba un grueso marco de color
rojo y algunas líneas horizontales y verticales;
entonces, quedaba dividida en varios cuadros, dentro de
los cuales se dibujaría un ideograma diferente aunque
relacionado con los demás. Los temas tratados podían
ocupar una o varias páginas.
El sistema que empleaban los sacerdotes para hacer las adivinaciones
se basaba en el tzolkín (calendario maya de 260 días).
Cada uno de los días contenía diversas cargas
de energía, que se manifestaban de manera distinta
según el individuo o la comunidad que consultasen
el códice; esas cargas, además, cambiaban
de acuerdo al momento.
Consultando este calendario, el sacerdote reconocía
ciertas fechas que eran significativas para cada hombre,
cada periodo y cada momento. Por eso, en los códices
mayas que hoy conocemos la unidad adivinatoria es el almanaque,
que se puede referir a predicciones sobre hechos cotidianos,
astronómicos y ciclos de veinte años.

DESTRUCCIÓN
Y SALVACIÓN
Los conquistadores españoles llegaron a la península
de Yucatán, México, a principios del siglo
XVI, cuando los más importantes centros ceremoniales
mayas estaban ya abandonados y el esplendor de la antigua
civilización había llegado a su fin. Pero
más allá de tal decadencia, las comunidades
indígenas conservaban organización social,
idiomas, tradiciones y religión. También seguían
elaborando y leyendo códices.
Los ideogramas de esos documentos provocaron tanto curiosidad
como temor entre los misioneros europeos que trajeron el
catolicismo. Movidos por la curiosidad, se dieron a la tarea
de recopilar todos los códices que hallaban y a descifrarlos
mediante la ayuda de intérpretes; impulsados por
el temor, emprendieron la sistemática quema de estos
documentos.
Uno de los artífices de esa obra destructora fue
el obispo de Yucatán, fray Diego de Landa (1524-1579).
Es incalculable la cantidad de códices que mandó
a la hoguera, pues los vio como productos diabólicos:
"Hallámosles grande número de libros
destas sus letras—escribió—; y porque
no tenían cosa en la que no hubiese superstición
y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual
a maravilla sentían y les daba pena".
Para salvar cuantos códices fuera posible, los mayas
enterraron algunos y otros los escondieron en cuevas; así,
varios manuscritos fueron salvados de la destrucción,
al menos durante un tiempo. Años después,
cuando los mayas de Yucatán ya conocían el
alfabeto español, copiaron algunos de esos códices
que tenían escondidos, manteniendo en la transcripción
la lengua maya original pero empleando la escritura hispana.
Con el uso del alfabeto surgió lo que hoy se denomina
literatura maya. Uno de sus ejemplos más representativos
son antiguos documentos transcritos, cuyos originales jamás
se han encontrado.
Los más importantes provienen del norte de Yucatán
y se conocen con el nombre de Libros del Chilam Balam, lo
cual puede traducirse como Libros del Adivino de las Cosas
Ocultas. Se trata de fragmentos de una docena de manuscritos
que datan de los siglos XVI y XVII y que fueron realizados
en diferentes pueblos de la zona: Maní, Tizimín,
Chumayel, Kaua, Ixil y Tusik, entre otros. Contienen sobre
todo crónicas indígenas que registran diversos
acontecimientos de la historia maya. Referencias fundamentales,
si se toma en cuenta que ninguno de los códices mayas
precolombinos que se conocen trata de historia propiamente
dicha.
Con el tiempo, fueron encontrándose varios documentos
originales pero la humedad del subsuelo, tanto en la zona
calcárea de la península de Yucatán
como en el área selvática del resto del Mundo
Maya, no ayudó a su conservación: hoy, la
mayoría son apenas trozos cuyos ideogramas están
totalmente borrados.
Tres códices, sin embargo, sobrevivieron casi completos
al fuego y al agua gracias a que, por vías aún
desconocidas, en algún momento llegaron al continente
europeo. Allí permanecieron olvidados durante doscientos
cincuenta años; luego, debido a circunstancias muchas
veces azarosas, irían saliendo a la luz en Dresde
(Alemania), París (Francia) y Madrid (España).

CÓDICE
DRESDE
Es el primero del que se tuvo noticia, y está considerado
como el más importante, el más bello y el
de mejor factura de los tres. En 1739, el director de la
Biblioteca Real de Dresde lo adquirió de manos de
un particular en Viena, Austria. Se desconocen tanto la
fecha como el modo en que el códice llegó
a Viena, pero puede suponerse que fue enviado al rey español
durante la conquista de América (primera mitad del
siglo XVI), época en que España y Austria
tenían el mismo soberano.
Una vez que salió de Viena, el documento pasó
a formar parte del acervo de la Biblioteca de Dresde, aunque
aparentemente no fue estudiado ni analizado durante setenta
años. Alexander von Humboldt lo dio a conocer en
1810, cuando publicó su obra Vues des cordilléres
et monuments des peuples indigènes de l'Amérique
y reprodujo en ella las páginas 47 a 52 del códice.
El documento fue sometido a diversos estudios para identificar
su origen; finalmente, se concluyó que era maya.
Durante la segunda guerra mundial, Dresde fue severamente
bombardeada y su biblioteca sufrió serios daños.
Doce páginas del códice resultaron muy deterioradas,
probablemente debido al agua, perdiéndose toda la
información de la esquina superior izquierda. Aun
así, muestra un bello estilo en sus pinturas, y es
"fiel representante del preciosismo y la elegancia
de los viejos mayas", según Salvador Toscano
(1912-1949), historiador, arqueólogo y crítico
de arte mexicano.
El códice Dresde, escrito en papel kopó, es
un documento con forma de biombo, dividido en treinta y
nueve hojas de 9 cm de ancho por 20.4 de alto, pintadas
en ambos lados, con excepción de cuatro, que tienen
blanco el anverso. Extendido, el documento mide 3.50 m de
largo y tiene setenta y cuatro páginas; ciertamente,
fueron pintadas con extraordinario cuidado y nitidez. Para
escribirlo se utilizaron un pincel muy fino, así
como los colores rojo, negro y el denominado azul maya.
Debido a los diferentes estilos de su escritura se sabe
que fue realizado por ocho personas; y en razón de
su temática y del tipo de ideogramas que contiene,
se supone que es originario de Chichén Itzá,
la extraordinaria ciudad situada en el norte de la península
de Yucatán.
La fecha aproximada en que fue realizado este códice
se sitúa entre los años 1000 y 1200, y posiblemente
aún estaba en uso entre los mayas cuando llegaron
los conquistadores españoles.
El Dresde trata básicamente de astronomía:
almanaques y cuentas de días de culto y adivinación;
material astronómico-astrológico en dos tablas:
la de los eclipses y la de Venus; y profecías para
un periodo de veinte años. Contiene referencias al
tiempo, a la agricultura y a los días propicios para
las artes adivinatorias, así como textos sobre enfermedad
y medicina; aparentemente, incluye asimismo datos acerca
de la conjunción de varias constelaciones y de varios
planetas con la Luna. Tiene también una página
sobre alguna inundación o diluvio, que puede ser
reseña o profecía, o simplemente referirse
al retorno cíclico de la temporada de lluvias, tan
benéfica para los mayas.

CÓDICE
PARÍS
Fue hallado por el estudioso francés Léon
de Rosny en 1859, dentro de un basurero de la Biblioteca
Imperial de París. El códice apareció
envuelto con un papel donde había dos palabras: la
española "Peres" y la náhuatl "Tzeltal".
Por el número de clasificación que contenía
se dedujo que pertenecía a dicha biblioteca desde
1832, o quizás desde antes.
Tras haberlo rescatado del basurero, Rosny identificó
al códice como manuscrito jeroglífico maya
y le impuso el nombre de Peresiano. Este manuscrito, sólo
una parte del original, se halla en peor estado que los
otros dos. Su calidad artística es igualmente inferior.
Se trata de un documento en forma de biombo, escrito en
papel kopó, que desplegado mide un metro 45 cm de
largo. Doblado tiene once hojas de 24 x 13 cm pintadas por
ambos lados. En dos de ellas los motivos desaparecieron
totalmente y en el resto se han perdido los jeroglíficos
de los cuatro extremos de la página, por lo que sólo
subsiste la porción central de cada una.
El códice Peresiano (o París) se refiere básicamente
a cuestiones rituales. Una de sus caras está dedicada
por entero a la sucesión de los katunes (periodos
de veinte años) comprendidos entre los años
1224 y 1441, con sus correspondientes deidades y ceremonias.
En cada página hay la representación de un
katún, y el texto jeroglífico que lo rodea
se relaciona con ritos y profecías. El reverso está
formado por almanaques adivinatorios, ceremonias de año
nuevo y un probable zodiaco con divisiones de 364 días.
Muchas son las dudas con respecto al origen de este códice
y al periodo en que fue escrito. Tentativamente, se lo ubica
en el área de Palenque, México, y se lo considera
posterior al Dresde, estimándose que data del siglo
XIII.
CÓDICE MADRID
Al abate francés Brasseur de Bourbourg (1814-1874),
gran americanista, se debe el descubrimiento de una parte
del tercer códice maya. El documento apareció
en España alrededor de 1860 en poder de Juan de Tro
y Ortolano, quien permitió al abate estudiar el manuscrito
y, más tarde, publicarlo. De los resultados de dichos
estudios el abate pudo concluir que el documento era de
origen maya, y en agradecimiento a la colaboración
de Tro y Ortolano, bautizó al códice como
Troano.
Unos años más tarde, el español Juan
Palacios ofreció en venta a dos instituciones culturales
lo que se suponía era un cuarto códice maya.
Sin embargo, ni el Museo Británico de Londres ni
la Biblioteca Imperial de París mostraron interés
en el documento. Con el tiempo pasó a manos de otro
particular, José Ignacio Miró, y en 1875 fue
adquirido por el Museo Arqueológico de Madrid. Por
relacionárselo de alguna manera con Hernán
Cortés, este códice recibió el nombre
de Cortesiano.
En realidad no era un manuscrito nuevo, sino una parte del
Códice Troano. Esto salió a la luz en 1880,
cuando Léon de Rosny tuvo la oportunidad de examinarlo.
Unificó entonces el contenido de ambos documentos
y les dio el nombre de Códice Tro-Cortesiano. En
1888 el hijo de Tro y Ortolano vendió su parte al
Museo Arqueológico de Madrid; a partir de ese año,
ambas partes permanecen juntas y se denominan Madrid.
El documento, que mide 6.70 m, es el más largo de
los manuscritos mayas conocidos. Sus cincuenta y seis hojas
están dobladas en forma de biombo, lo que hace una
pieza con ciento doce páginas, de 12 cm de ancho
x 24 de alto. Es también el códice mejor conservado.
Se trata de un texto de adivinación, que ayudaba
a los sacerdotes a predecir la suerte. Tiene once secciones:
la primera incluye ritos dedicados a los dioses Kukulcán
e Itzamná; la segunda se refiere a las influencias
malignas sobre los cultivos, y a los ritos y ofrendas que
deben realizarse para regularizar las lluvias; la tercera
sección está dedicada a un periodo de 52 años
rituales. Las ocho partes restantes aluden, entre otros
temas, a la cacería y las trampas, los calendarios,
la muerte y la purificación.
Tentativamente, el origen del códice Madrid se sitúa
en la parte occidental de la península de Yucatán.
Su fecha aproximada de factura puede hallarse entre los
siglos XIII y XV, por lo cual resultaría contemporáneo
del códice París.
LOS ESCRIBAS PINTORES
Escribir un códice era entre los mayas un acto ritual
que sólo podían llevar a cabo personas muy
especializadas. Éstas recibían los títulos
de ah ts'ib y ah woh, términos cuyo significado es,
en castellano, escribas y pintores, respectivamente.
No cualquiera podía ser merecedor de alguno de estos
títulos. Para obtenerlo, era fundamental poseer una
cualidad básica: talento de pintor o dibujante. Siempre
que los sacerdotes, clase dominante maya, descubrían
entre los jóvenes a alguno que tuviera dicho talento,
lo seleccionaban a fin de destinarlo al oficio de escriba.
Daba inicio entonces su preparación, que tenía
como punto de partida la transmisión de conocimientos
profundos sobre la lengua maya y la cultura general de la
época. Más tarde se lo especializaba en algún
tema específico: historia, astronomía, medicina,
etcétera. Después de un arduo aprendizaje
de varios años, el escriba dibujante estaba en condiciones
de pertenecer a una clase superior, poseedora de grandes
conocimientos. Entonces, y de acuerdo a la especialidad
adquirida, el escriba pasaba a residir en alguno de los
centros religiosos, económicos o civiles que requerían
de sus servicios: templos, tribunales, palacios, mercados,
entre otros.
Desde ese momento, el escriba tendría que dedicarse
tiempo completo a sus actividades. En forma anónima
realizaba los códices, siendo el suyo un oficio cuya
producción se destinaba al patrimonio de la colectividad.
Es de suponerse que escribir un códice requería
varios días. Cada figura se delineaba con tinta negra,
fabricada a base de carbón. Para ese trazo inicial,
como instrumentos se usaban espinas de maguey o astillas
de huesos de pequeños animales, sobre todo aves.
Posteriormente se coloreaba el interior de la figura con
un pincel más grueso, de pelo de animal.
Darle color a las imágenes no tenía propósitos
decorativos; por el contrario, tonos y matices eran totalmente
simbólicos, ya que los mayas le conferían
a cada color un significado especial, relacionado con diversas
deidades, naturaleza y cosmos.
Una vez concluida la elaboración de un códice
(pik hu'un, en maya), éste se guardaba en habitaciones
especiales dentro de los mismos edificios civiles o religiosos.
De allí saldría sólo en determinadas
ocasiones, cuando se requiriera estudiar, interpretar o
transmitir su contenido.
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