| Cosas
que caen del cielo
La lluvia, la nieve y el granizo son fenómenos corrientes
en la Tierra. Muchos de nosotros estamos acostumbrados al
espectáculo del agua, líquida o sólida,
cayendo del cielo. Además, en esta época de
exploración espacial podríamos esperar la
caída de un meteorito. Sin embargo nos sorprenderíamos,
en cambio, si de pronto empezaran a llover animales. No
obstante, éste fenómeno puede ocurrir, como
lo indican varios registros históricos, algunos antiguos
y otros muy recientes. Incluso en la Biblia se menciona
una lluvia de sapos, como una plaga contra los egipcios
por no dejar partir a los israelitas.
La lluvia de objetos extraños se puede producir cuando
un tornado o un huracán pasa sobre un estanque o
lago, levantando además de agua muchos anfibios y
otros animales, depositándolos a muchos kilómetros
de distancia del sitio original. Evidentemente hay más
probabilidades si el lugar se encuentra en una zona en la
que se produzcan vientos de gran fuerza. Sin embargo no
está del todo claro el porqué en estos casos
los objetos que han sido levantados juntos caen también
juntos, en lugar de ser dispersados a través de grandes
distancias.
No son sólo ranas y sapos los que pueden caer del
cielo. Aunque aún no se tenga noticia de una lluvia
de perros y gatos, se han registrado fenómenos semejantes,
y muchos de ellos no han sido completamente explicados.
Los siguientes son sólo algunos ejemplos:
En 1870, el tejado de una casa de ópera en Sacramento,
California (EEUU) quedó cubierta por una lluvia de
lagartijas acuáticas de entre cinco y veinte centímetros
de longitud.
El 28 de diciembre de 1857, durante el transcurso de una
fuerte tormenta, las calles Montreal (Canadá), quedaron
cubiertas por centenares de mejillones.
En 1877, la ciudad de Memphis, Tennesse (EEUU) recibió
una lluvia miles de serpientes de hasta cuarenta y cinco
centímetros de largo. Se cree que fueron llevadas
por un huracán lejano, pero no se ha podido explicar
la enorme cantidad de animales.
En 1922, durante una tormenta de nieve en los Alpes Suizos,
cayó una lluvia de orugas, arañas y grandes
hormigas.
En 1956, los niños que salían de la escuela
en Hanham, un suburbio de Bristol (Inglaterra), fueron sorprendidos
por una lluvia de monedas de un penique.
En julio de 1961, los trabajadores de un tejado en Shreveport,
Louisiana (EEUU) tuvieron que refugiarse cuando de una nube
cayó una lluvia de duraznos.
En abril de 1985, sobre un patio en St. Cloud, Minnesota
(EEUU), durante una tormenta cayeron varias estrellas de
mar.
En febrero de 1830, en Faridpur, India, cayó una
lluvia de peces pequeños, muchas especies propias
de la India. Una gran cantidad fue aprovechada por los habitantes
del pueblo para preparar comida. Se tiene registrada también
una lluvia de peces en 1666 en Cranstead, Inglaterra, donde
cayó una gran cantidad de peces marinos, a pesar
de que el mar estaba a más de diez kilómetros
de distancia.
El 2 y el 11 de septiembre de 1857 llovió azúcar
en algunas zonas de Lake County, California (EEUU). Los
lugareños aprovecharon este fenómeno para
preparar sirope.
En julio de 1995, un tornado pasó por Moberly, Iowa
(EEUU). Poco después, a 250 kilómetros de
distancia hacia el norte, los habitantes del poblado de
Keokuk recibieron una lluvia de latas de soda sin abrir.
En muchas partes del mundo, en numerosas ocasiones y en
número monstruoso, cayeron del cielo ranas y sapos,
y también caracoles marinos, gusanos y serpientes.
También se ha visto gotear y aún chorrear
sangre del cielo, y caer semillas y granos, así como
carne de todo tipo, como si allá arriba navegaran
una suerte de granjas invisibles.
Y aunque aún no se tenga noticia de una lluvia de
perros y gatos, se han registrado fenómenos semejantes,
y muchos de ellos no fueron completamente explicados. Los
siguientes son sólo algunos ejemplos recogidos por
el famoso Charles Fort y por muchos de sus seguidores en
el mundo entero:
Todos
los años, al comienzo de la estación lluviosa,
los habitantes de Yoro, en Honduras, preparan baldes, barriles,
palanganas y redes para recoger los peces que van a caer
del cielo. Y todos los años, hasta donde llega la
memoria, han caído sardinas por barriles. La “lluvia
de pescado”, como la llama la gente del lugar, suele
comenzar de cuatro a cinco de la tarde y va seguida de tormentas
eléctricas y fuertes vientos. El pescado es depositado
vivo y coleando sobre una pradera que hay al sudoeste del
pueblo.
En
1833, una sustancia parecida a la lana cayó en trozos
sobre grandes extensiones de campo cerca del pueblo francés
de Montussan. En otros lugares hubo lluvia de un material
que se asemejaba a seda en hilos ondulantes, como procedentes
de una gran mercería.
En
1870, el tejado de una casa de ópera en Sacramento,
California, quedó cubierta por una lluvia de lagartijas
acuáticas de entre cinco y veinte centímetros
de longitud.
El
28 de diciembre de 1857, durante el transcurso de una fuerte
tormenta, las calles Montreal, Canadá, quedaron cubiertas
por centenares de mejillones.
En
1877, la ciudad de Memphis, Tennesse, recibió una
lluvia de miles de serpientes de hasta 45 centímetros
de largo. Se cree que fueron llevadas por un huracán
lejano, pero no se pudo explicar la enorme cantidad de animales.
En
1922, durante una tormenta de nieve en los Alpes suizos,
cayó una lluvia de orugas, arañas y grandes
hormigas.
En
1956, los niños que salían de la escuela en
Hanham, un suburbio de Bristol, Inglaterra, fueron sorprendidos
por una lluvia de monedas de un penique.
En julio de 1961, los trabajadores de un tejado en Shreveport,
Louisiana, Estados Unidos, tuvieron que refugiarse cuando
de una nube cayó una lluvia de duraznos.
En abril de 1985, sobre un patio en St. Cloud, Minnesota,
Estados Unidos, durante una tormenta cayeron varias estrellas
de mar.
En febrero de 1830, en Faridpur, India, cayó una
lluvia de peces pequeños, muchas especies propias
de ese país. Una gran cantidad fue aprovechada por
los habitantes del pueblo para preparar comida. Se tiene
registrada también una lluvia de peces en 1666 en
Cranstead, Inglaterra, donde cayó una gran cantidad
de peces marinos, a pesar de que el mar estaba a más
de diez kilómetros de distancia.
El 2 y el 11 de setiembre de 1857 llovió azúcar
en algunas zonas de Lake County, California, Estados Unidos.
Los lugareños aprovecharon este fenómeno para
preparar sirope, un líquido espeso azucarado que
se emplea en repostería y para elaborar refrescos.
En julio de 1995, un tornado pasó por Moberly, Iowa,
Estados Unidos. Poco después, a 250 kilómetros
de distancia hacia el norte, los habitantes del poblado
de Keokuk recibieron una lluvia de latas de gaseosa sin
abrir.
En enero de 2002 en Soria, España, cayó un
bloque de hielo de más de 16 kilos.
El 7 de julio de 1997, cerca de las costas gallegas navegaba
el buque maltés Marietta II. A media tarde, con visibilidad
perfecta y el mar en calma dos tripulantes vieron caer al
mar y hundirse a unos 60 metros del barco lo que describieron
como “un hombre verde con una especie de casco”.
Salieron patrullas de rescate desde Finisterre pero no se
encontró nada.
Y la lista de lluvias misteriosas y sucesos tan inexplicados
como fascinantes puede seguir hasta el hartazgo. Un listado
casi tan amplio como la ignorancia del hombre respecto de
muchas de las cosas que lo rodean. Y, tal vez por eso, nuestro
amigo Charles Fort solía repetir: “La ciencia
de hoy es la superstición de mañana, y la
superstición de hoy es la ciencia del porvenir”.
El Times de Londres del 5 de julio de 1842 tomaba lo siguiente
del Fife Herald escocés: El miércoles por
la mañana [29 de junio] fue observado un fenómeno
del carácter más raro y extraordinario en
las inmediaciones de Cupar [Escocia]. Hacia las doce y media,
con el cielo despejado y el aire en perfecta calma, una
muchacha ocupada en lavar ropa en una tina en el campo comunal,
oyó sobre su cabeza un estampido fuerte y seco, seguido
de una ráfaga de viento de extraordinaria violencia,
y que solo duró unos instantes. Al mirar a su alrededor,
observó que todos los manteles, sábanas, etc.
estaban en el suelo formando una franja de cierta anchura
sobre el verde a varios cientos de metros de distancia;
pero otra parte de las prendas, cortinas y cosas más
pequeñas, eran llevadas hacia arriba a una altura
inmensa, de modo que ya casi se perdían de vista,
y gradualmente desaparecieron por completo en dirección
sudeste y no se ha vuelto a saber de ellas. En el momento
de la detonación que precedió al viento, se
vio el ganado del prado vecino correr asustado de un lado
para otro, y durante algún tiempo después
continuó amontonándose con visible terror.
La violencia del viento era tal que una mujer que en ese
momento sostenía una sábana fue incapaz de
retenerla por miedo a verse arrastrada con ella. Es notable
que, mientras incluso las prendas más pesadas eran
llevadas lejos corriendo por el verde, como si dijésemos,
y los lazos que sujetaban varias sábanas se rompieron,
las prendas ligeras que había sueltas a ambos lados
del holt [colina poblada de árboles] no se movieron
de su sitio. El número del 10 de julio de 1880 del
Scientific American trae esta noticia, tomada del Plain
Dealer de East Kent (Ontario): Los señores David
Muckle y W. R. McKay... estaban en un campo de la granja
del primero cuando oyeron un súbito estruendo, como
de un cañón. Se volvieron justo a tiempo para
ver una nube de piedras volar hacia lo alto desde un lugar
del campo. Tremendamente sorprendidos, examinaron el lugar,
que era circular y de unos 45 m de diámetro, pero
no había indicios de erupción ni nada que
indicase la caída allí de un cuerpo pesado.
El terreno estaba simplemente barrido. Están seguros
de que la causa no fue un meteorito, ni una erupción
de la Tierra, ni un torbellino.
TORBELLINOS
Y TROMBAS MARINAS
La
clásica explicación de la mayoría de
las lluvias insólitas es que todo lo que cae fue
antes absorbido por un torbellino o una tromba marina. Además
de ser la explicación más lógica, la
tesis del torbellino se basa en algunas pruebas de peso,
fruto de la observación. Por la atmósfera
circulan constantemente una gran variedad de pequeños
organismos y restos vegetales y animales. En muestras de
aire recogidas con aspiradores especialmente diseñados
se han encontrado esporas de hongo , musgo, líquenes
y algas , huevos de insecto, bacterias, escamas de alas,
pelos y trozos de plumas. Aunque para levantar del suelo
esas pequeñas partículas no haga falta mucha
energía, los grandes torbellinos, tornados y trombas
marinas generan corrientes ascendentes de una fuerza enorme.
En el embudo de un tornado los vientos pueden girar a velocidades
de 270 a 480 kilómetros por hora y producir una presión
de más de 135 kilos por cada 10 centímetros
cuadrados sobre todo cuanto encuentren en su camino. Semejante
fuerza es más que adecuada para algunas de las más
impresionantes estadísticas sobre tornados. Por ejemplo,
el 22 de abril de 1883, en Beuregard (Mississippi), un tornado
se llevó volando a 275 metros el tornillo de 300
kilos de una prensa de algodón. En Walterborough
(Carolina del Sur), una viga de madera de 270 kilos fue
arrastrada 400 metros por el tornado del 16 de abril de
1875, y un gallinero de 35 kilos más de 6 kilómetros.
Y en el tornado del 4 de junio de 1877, en Mont Carmel (Illinois),
la aguja de una iglesia fue llevada por los aires 25 kilómetros.
La acción de las trombas marinas ha sido observada
con menos frecuencia que las de los torbellinos, pero también
han hecho cosas extraordinarias. Por ejemplo, en Christiansten
(Noruega), el puerto fue una vez casi vaciado de ese modo,
y, en menor escala se sabe de estanques que quedaron secos.
Durante una tormenta en el lago Bassenthwaitre (Inglaterra)
se vio como los peces eran lanzados a tierra. En la medida
en que la energía generada por los torbellinos basta
para levantar hasta el cielo lo que se ha visto cae de él,
la explicación parece acertada, e indudablemente
da cuenta de algunas lluvias insólitas. Sin embargo
esta teoría suscita preguntas interesantes. Por ejemplo,
¿cómo se las arreglan torbellinos y trombas
para ser tan selectivos? Las cosas que caen del cielo suelen
estar perfectamente clasificadas: en un determinado chaparrón
caen solo peces, o sólo ranas, o sólo piedras,
y además sólo peces de cierta especie o ranas
de cierta edad. Pero torbellinos y trombas barren cuanto
encuentran a su paso. ¿Por qué entonces no
hay lluvia de seres y despojos surtidos, por ejemplo barro
y algas junto con los peces? Si damos por supuesto algún
mecanismo de selección aéreo –por ejemplo,
de acuerdo con el peso y la aerodinámica de los objetos--,
sería de esperar que cayesen chaparrones variados
–peces aquí, barro allí, algas más
allá-- en la misma zona y más o menos al mismo
tiempo; pero esto no sucede. ¿Cómo, entonces,
sobreviven los peces y otras criaturas a los rigores del
transporte por el torbellino? La teoría de los torbellinos
y trombas exige creer, primero, que los peces, que a menudo
caen vivos a considerable distancia de su aparente punto
de origen, pueden sobrevivir por un período indefinidamente
largo en la saturada atmósfera de una nube de lluvia.
Segundo, que fuerzas lo bastante poderosas para sacar peces,
ranas, sapos, anguilas y serpientes de su hábitat
normal y lanzarlos al cielo no bastan para inferirles daños
físicos, y que los repentinos cambios de temperatura
y presión son igualmente inofensivos. Aunque tales
teorías pueden apelar al sentido común, carecen
de pruebas firmes que las apoyen. Queda por último
la pregunta de cómo pueden los torbellinos cernerse
sobre un lugar o regresar a él. Dado que la característica
más permanente del viento es el movimiento, y el
mover cuanto viaja en él, la teoría del torbellino
no explica los numerosos casos en que las mismas cosas caen
repetidamente en el mismo sitio, como si procediesen de
algún lugar fijo del cielo |