La maquina de hacer llover

A fines de la Década del 30, y principios de los 40, surge en Buenos Aires, Capital de Argentina, un invento que iba a conmocionar al mundo: LA MÁQUINA DE HACER LLOVER.

De pronto, se dispara a la fama, y al conocimiento del público en general, el nombre de Juan Baigorri Velar, un Ingeniero Argentino, nacido en Entre Ríos, que aparece con una máquina capaz de hacer llover en cualquier parte.

Baigorri Velar, cursó estudios en el Colegio Nacional Buenos Aires recibiéndose luego de ingeniero. Se especializa en petróleo, y viaja a Italia para cursar Geofísica en la Universidad de Milán.

Estando en Italia diseña y construye un aparato, para medír el potencial eléctrico y las condiciones electromagnéticas de la tierra, con la idea de aplicarlo en sus futuras búsquedas de Petróleo. Esto daría principio a lo que luego sería el asombro y descreimiento de muchos. Se podía ver una caja de madera, de apariencia común. Dicha caja, mostraba dos antenas que sobresalían, y algunas perillas y botones. Todavía no lo usaba para hacer llover, sino para exploraciones en el campo.

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En 1929 Baigorri Velar acepta un cargo ofrecido por el director de YPF, el Gral. Enrique Mosconi. Esto lo lleva a instalarse en Buenos Aires, junto a su mujer e hijo.

Alli van a vivir al barrio de Caballito donde nota que la zona es muy húmeda para él y sus delicados instrumentos. Decide, entonces buscar en otro barrio. Recorriendo varios lugares de la ciudad, y llevando uno de sus aparatos, descubre al pasar por Villa Luro, que es el más alto de la ciudad, según marcan sus instrumentos. Busca una casa en esa zona, y allí se muda a una casa más adecuada para sus trabajos, en Ramón Falcón y Araujo.

En 1938, nota que uno de estos aparatos, al ser conectado, provoca lluvias en el lugar donde se encuentra. A partir de ese momento comienza a realizar muchas pruebas en todo tipo de lugares, incluso algunos considerados “Difíciles”.

Enterado que en la estancia “Los milagros”, de Juan Balbi, provincia de Santiago del Estero, hacía 16 meses que no había llovido, lleva sus instrumentos, los pone a funcionar, y en medio de la espectativa general, logra hacer llover.

Al estar en Santiago del Estero, el gobernador de la provincia, el Dr. Pío Montenegro, le pide ir a una estancia, de su propíedad, donde no llovía desde hacía tres años. Tres días de pruebas y llueven 60 mm. durante dos horas.

Otra vez Santiago del Estero, provincia semidesértica, cerca de Navidad; llueve torrencialmente.

Carhué tres años sin llover. Aparece Baigorri Velar, y llueve tanto que llega a desbordar la laguna.

Lo llama en 1951, el ministro de Asuntos Técnicos de la provincia de San Juan, intentarlo en una zona en la cual no caía agua desde hacía 8 años. Prueba. Llueven 30 mm.

Pero como siempre que alguien hace algo novedoso, aparecen los detractores y críticos que no hacen. Una buena parte de la opinión pública desconfía del método. Lo llaman “el mago de Villa Luro” en forma burlona, porque descreen que aquello sea posible.

El crítico más acérrimo, era el director del Servicio de Meteorología Nacional, el que no perdía oportunidad para burlarse y hablar  despectivamente de Baigorri Velar.

Cansado de la persecución Baigorri Velar, a través del diario “Crítica” anuncia, a modo de desafío, que hará llover entre el 2 y el 3 de enero de 1939. “Cómo respuesta a la censura a mi procedimiento, regalo, por intermedio de Crítica, una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939”. Juan Baigorri Velar.

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Dejando de lado su seriedad habitual, y con un rasgo de humor, le envía un paraguas de regalo al Director del Sevicio Metereológico, aquel que se burlaba de sus métodos. Agrega una tarjeta, con la leyenda: “Para que lo use el 2 de enero”.

Las miradas de toda la Ciudad, estuvieron dirigidas al cielo, ese día. En efecto, llueve entre el 2 y el 3 de enero, provocando gran entusiasmo en la gente.

Después de este indiscutible éxito, lo entrevistan varios diarios y revistas extranjeras.

En la década de los “40”, comienzan a lloverle ofertas del extranjero. Un ingeniero norteamericano viene a verlo ofreciéndole una enorme suma por el invento y Baigorri contestó: “Soy argentino… Y mi invento es para beneficiar a la Argentina”.

Los ofrecimientos siguieron, pero la respuesta fue siempre la misma.

Pero las campañas de desprestigio continuaron, especialmente por parte de algunos que intentaron, de diversas formas, sacar algún provecho de ello, sin conseguirlo.

En este clima negativo, cansa a Baigorri Velar y hacen que decida retirarse, aunque continuó ayudando a aquellos que se lo olicitaban.

Sus untervenciones, tuvieron un resultado variado. Quizás no obtuvo resultados en algunos lugares a los que acudió, con su aparato, pero sí en la mayoría. Muchos en donde hacía tiempo que no llovía.

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Juan Baigorri Velar se recluyó por un largo tiempo. Luego, ya viudo, pasaba largas horas encerrado en el altillo de su casa de Villa Luro.

Por último, ya hastiado de tanta agresión gratuita, e incomprensión, destruye su invento a mazazos, tirando los restos a la basura.

Anciano y solo, vende la casa y se muda a lo de un amigo francés, que le presta una habitación en un departamento. Murió en el otoño de 1972, a los 81 años, llegando a pie al hospital, por problemas en los bronquios.

Como era de esperar, durante su entierro, en el cementerio de la Chacarita, se largó a llover.

Aún en la actualidad, hay quienes no lo creen, como hay otros. que aseguran que era real, invocando personas maduras que decían ser testigos.

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