La destrucción que vino del cielo

A primeras horas de la mañana del 30 de junio de 1908, una gigantesca bola de fuego atravesó los cielos de Siberia Central. Poco después, el misterioso objeto celeste pareció estrellarse contra la superficie de la Tierra provocando una explosión que arrasó más de 2.200 Km2 de bosque e incendió miles de árboles cercanos al lugar del presunto impacto. La onda de choque dio dos veces la vuelta a nuestro planeta.

Los hechos sucedieron en las cercanías del río Tunguska Pedregoso, afluente del Yenisey situado aproximadamente a unos 1.000 Km al Norte de Irkutsk.

Afortunadamente, la explosión tuvo lugar en plena taiga siberiana, una de las pocas zonas de nuestro planeta en donde los asentamientos humanos son prácticamente inexistentes. Se trata de una región boscosa que impone a sus pobladores unas condiciones de vida terriblemente duras. Los bosques de estos parajes están constituidos por pinos, abetos, pinsapos y alerces, junto con ejemplares de especies de hoja caduca como el abedul y el álamo. Estamos en los dominios del clima subártico. La temperatura media es inferior a los 10º C durante más de ocho meses al año, mientras que el mes más frío cuenta con una temperatura inferior a -38º C. La estación seca se
localiza en invierno y las precipitaciones anuales están comprendidas entre los 25 y 50 cm. La densidad de población de la zona es inferior a un habitante por kilómetro cuadrado. Los pobladores de la taiga siberiana viven de la caza, la pesca y la recolección, además de la explotación del bosque y de una agricultura primitiva. La lengua que hablan los habitantes de las proximidades del Tunguska Pedregoso, los tunguses, es el TungusManchues, que
tiene las mismas raíces que las lenguas coreanas.

Por suerte, y dado lo desolado del lugar, las únicas víctimas que se cobró la explosión fueron renos. Si se hubiera hecho a propósito, sería muy difícil encontrar en todo el globo terráqueo una zona donde los daños hubieran sido menores. Si hubiera caído en el mar, los maremotos resultantes habrían sido catastróficos. Recordemos lo acontecido con la erupción del Krakatoa, en la que una sola ola arrasó 165 poblaciones de Java quitando la vida a más de 36.000 personas.

Testigos situados entre 30 y 60 Km del presunto punto de impacto sintieron una repentina ráfaga de calor que atravesó sus abundantes ropajes. La sacudida provocada por la explosión fue registrada como un terremoto por varias estaciones meteorológicas siberianas. La onda expansiva rompió ventanas, hizo volar campamentos enteros, mató renos e hizo que personas cayeran al suelo.

El 30 de junio de 1908 quedó grabado durante años en la memoria de los habitantes del Norte de Europa por que el cielo no se oscureció en el transcurso de toda la noche. Durante los dos días siguientes, el polvo suspendido en la atmósfera fue tan abundante que hizo posible leer el periódico en las calles de Londres a altas horas de la madrugada. Lo mismo ocurrió en el Retiro de Madrid.

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