Caníbales entre nosotros

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Eusebio Lugones, de 11 años, corrió desesperado, y se subió a la canoa. Empujándola en el río. Al subir a ella, inicia la huida.

Detrás, a unos 60 o 70 metros, Aparicio Garay, apunta tranquilamente con su escopeta, y dispara.

Se escucha la detonación, y Eusebio cae, alcanzado en el omóplato izquierdo.

A grandes zancadas, Garay lo agarra y clava su cuchillo en la garganta del menor, hasta cortarle la cabeza.

Así comienza una historia, que iba a estremecer a los argentinos, y al mundo.

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Año 1936.
Los pobladores de una zona del corredor costero de la provincia de Santa Fe se conmocionan ante una noticia que corrió como un

reguero de pólvora:

El descubrimiento de casos de secuestros, violaciones, y

Todo comenzó, al presentarse ante el Destacamento de Policía, un hombre, Juan Cruz Lugones, para denunciar la desaparición de su

hermano menor, Eusebio, de 11 años, alegando que posiblemente se hubiera ahogado.

Ante ello, se inicia una corta búsqueda, por la zona de Cayastá, y las orillas del río Paraná.

Sin ninguna novedad, se dedican a recorrer los alrededores, intentando también encontrar a unos cuatreros, que hacía un tiempo,

robaban Ganado.

Así, llegaron al conocimiento de la existencia de un individuo muy hosco y solitario, que habitaba un precario rancho, en una de las

Decididos a apresar al ladrón, los policías montan un elaborado operativo.

De acuerdo al plan, 7 efectivos, se visten pobremente, y se acercan al rancho, cuyo habitante era conocido por su excelente puntería,

y por tener un poderoso rifle Remington. Al aproximarse, deciden presentarse 3, mientras los otros 4, se quedan ocultos en las

Anunciados por los perros, piden a viva voz, poder acercarse, expresando ser cazadores extraviados.

Después de un rato de silencio, son aceptados por el morador.

De esta manera, desembocan frente al rancho, donde humeaba un asado.

Rodeados de gruñidos amenazantes, hablan de cualquier cosa, esperando la oportunidad de apresar al individuo.

La ocasión se da, y se abalanzan sobre él, logrando esposarlo, y atar sus piernas. Al ver esto, los perros los atacan, y son muertos

a balazos.

Cuando hubo pasado la conmoción, llegan los otros policías. y se dedican a buscar el Ganado robado.

Es en este momento, cuando quien luego es identificado como Aparicio Garay, expresa: “Me han agarrado. Yo lo maté, y me lo comí”.

Confesó voluntariamente haber comido al menor al que dijo haber secuestrado.

Totalmente sorprendidos, los policías, recorren los alrededores del rancho, encontrando restos humanos. Descubren también,

horrorizados, que el asado en la parrilla, era un costillar humano.

Luego se sabría que Garay, había utilizado varios nombres diferentes: Nazario Palmas, Agustín Zamora, o Nazario Campomar.

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Con los datos surgidos del expediente del caso, conversaciones del reo con los periodistas, y otros detalles aportados, reconstruimos

esta tenebrosa historia:
El caso de Eusebio Lugones, no era el único, ya que a través de los monólogos de Garay, se supo de por lo menos 2 menores más, de

“Una hermosa nenita de rulos muy rubios”, y de otro menor de 14 años, el que se habría fugado.
También se conoce la existencia de una regordeta muchacha, a la que había perseguido varias veces, sin poder alcanzarla.
Reconoció haberlos violado a todos, antes de matarlos, y que en el caso de Eusebio, “Parecía colaborar, por lo que fue violado

innumerables veces”.
Comenzaba a comerlos por la cabeza, serruchando el cráneo, aunque muchas veces, le tiraba el cerebro a los perros, porque “Era la parte que menos le gustaba”
El resto del cuerpo, lo iba consumiendo de diversas formas: “Preparaba asados, estofado, sopas y guisos”.
La sangre la juntaba en un jarro, y era lo primero que consumía.
La grasa, la derretía al fuego, y la guardaba en una damajuana, para preparar “Sabrosos caldos y engrasar fierros”.
Dice que la carne humana, es como la de cualquier animal, aunque con “Un sabor dulzón”.
Comenta también que con los huesos de Eusebio, se le ocurrió hacer unas fichas de Dominó, desistiendo luego, porque “Eran muy

esponjosas”. Terminaba con los restos de tripas y huesos, arrojándolos al río, en pequeños trozos.
Todos estos actos, decía realizarlos instigado por su Dios “El Horario”, que era “El dueño del Tiempo y de las horas”.
Reconoce que “No es bueno comer carne de cristiano, porque una vez que se empieza, siempre quiere seguir comiendo”.
Hay dos versiones del fin de Aparicio Garay: Una dice que fue encadenado en el patio del Destacamento, y que el Comisario declaró que

una mañana, se encontró con las cadenas sueltas, sin que se supiera nada más del detenido. Los vecinos, que conocían al Comisario,

decían que seguramente lo había matado, y lo hizo desaparecer.
La otra versión, cuenta que fue declarado inimputable por el Juez, y destinado a ser internado de por vida, en el Hospicio de Las
Mercedes, en Buenos Aires.descarga (2)
Hacia el año 1938, aparece una noticia en un diario de la Capital, donde figuraba que un interno, un tal Aparicio Garay, había matado

a palos, a otro interno, porque “Al dormir, hacía un ruido con la boca, y lo molestaba”.
Esta fue la última mención que se tuvo de Aparicio Garay.

lagrasa

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